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“GET INTO SYDNEY”


Bueno, tras pasar por 5 aeropuertos y tener 3 monedas distintas en la cartera por fin estábamos en Sydney.

Al bajar del avión nuestro vuelo coincidió con otro proveniente de Asia, y os podéis imaginar el río de chinos, japoneses, thailandeses, etc que iba por aquellos pasillos, era un aviso de cómo sería la ciudad…

Paramos en el servicio en parte para dejar que toda aquella “marabunta” se dispersase un poco, y fue una buena idea porque pudimos disfrutar más de la decoración del aeropuerto, donde hicimos un par de fotos y nos fuimos tan contentos. Ya una vez en el control de pasaportes la señora que me atendió ya te recibe con un “Hello mate!”, quizás en parte porque era el primer occidental que veía esa mañana, pero es increíble ¡el conocido buen rollo de los australianos empieza desde aquí!

Pasamos los controles sin ningún problema, casi como si nos dejaran las puertas abiertas, a pesar de haber marcado que llevábamos medicinas (paracetamol) y objetos de madera (alguna pulserita o collar) sólo nos preguntaron qué es lo que era pero ni siquiera nos hicieron enseñarlo. Una vez fuera, el tiempo era soleado e hicimos una primera llamada de teléfono a la chica encargada de darnos las llaves del estudio donde estaremos los primeros 9 días, me dio la dirección (menos mal que en la cabina había de ¿casualidad? Una libretita con un boli) y fuimos a por un taxi, al cual nos indicó el camino un currante de por allí con un sombrero al estilo Cocodrilo Dundee. El taxista era un señor mayor indio que no hablaba del todo bien inglés y que no se sabía la dirección, menos mal que alguien en su día inventó los GPS, pero era muy simpático, eso sí.

El taxi costó unos 40 dólares, desde el aeropuerto hasta el barrio de Glebe, algo carillo, pero después de tantas horas en avión y con tanto equipaje pensamos que era mejor que pillar un bus.

Llegamos a la cafetería donde habíamos quedado, nos dieron las llaves y nos fuimos directos al piso, para darnos una ducha caliente y dar un paseo por la zona para ver si encontrábamos algún sitio donde hacer una pequeña compra.

Ya estábamos en tierra firme!

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